Foto: Luz Sosa. Bill Frisell fue, desde que se conoció el cartel, uno de los nombres más importantes y esperados del Festival Internacional Canarias Jazz & Más Heineken de este año 2017. El guitarrista había sido, por otra parte, una vieja aspiración del aficionado jazzero insular. Por fin llegaba el día y la hora, la fecha en que la guitarra de Bill entraba en el curso de la cita anual.

Además, el contacto con Frisell fue tan fructífero como se esperaba. Una conexión absoluta con su arte sin que mediaran artimañas florales ajenas a la música ni grandes orquestaciones instrumentales: a trío. Puro y duro, acompañado por Tony Scherr al bajo y Kenny Wollesen a la batería.  Si acaso, sólo intervino algún pedal de efectos, algún juguetito que, como talismán, decoraba el plateado amplificador y por supuesto la sapiencia de este “mago” de las seis cuerdas y su banda.

El concierto, que comenzó puntual, constituía también la vuelta a un escenario que antaño fue escenario de las letras más notables, en el Festival. De esta manera, contaban los clásicos que fue en el año 2000, cuando esas preciosas tablas vivieron el mítico concierto de Herbie Hancock con Polo Ortí. Era hora de que el telón del Guimerá volviese por los fueros del jazz, algo que nunca se debió perder.

Con una importante pero mejorable afluencia de espectadores, y también con unas escuetas e ínfimas palabras, Frisell comenzaba su actuación, hechizando a la concurrencia. El guitarrista hablaba con su guitarra ¡Qué mejor manera de contactar con el público!

¿Cómo definir lo que sucedió en la cita? Frisell es, como indicamos, una suerte de viejo mago al que ningún truco se le resiste y encima tuvo la inmejorable compañía de Sherr y de Wollesen, dos escuderos de excepción que le seguían en cualquier aventura.

Con la única intervención de su guitarra y efectos varios como delays, Frisell era capaz de construir paisajes visuales excelentes. Como si de una película se tratase, el guitarrista levantaba grandes dunas y desiertos y, al mismo tiempo, llanuras norteamericanas de ambientes folklóricos y era capaz de ir de-construyendo todo aquello sembrado para que lo que ofrecían, efectivamente, se denominase jazz. Su imaginación no tenía límites y desde luego, transportaba a cada espectador, embelesándolo en sus trastes.

¿Canciones? ¿Títulos? Sencillamente no hacían falta. Era bastante mejor recostarse en la cómoda silla del teatro para disfrutar de esta aceleración de partículas sonoras. Cada canción era un viaje y si había comprado el ticket, podía uno abandonarse al fluir de un río de sensaciones.

El final del concierto, después de hora y media, contó en los “bises” con un “medley” que incluyó su particular versión de ‘When you wish upon a star’ de Pinocho, de la factoría Disney, y el tema de Burt Bucharach, ‘What the world needs now is love’. A pesar de este final que se podría pensar como “infantil”, no hubo tregua. Situaron estos clásicos a la escala propia de un Frisell absolutamente entregado a la genialidad. Una finalización musical que dejó a todo el respetable de pie y aplaudiendo, henchido de satisfacción.

 

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