Foto: Per Ole Hagen. Nueva cita del Otoño Cultural de Cajacanarias, en esta ocasión visitaba el Espacio Cultural Cajacanarias el cuarteto del saxofonista Jan Garbarek.

Con unos minutos de rigor pasadas de las 8 de la noche, comenzaba un concierto vitalista y de los que hace afición. El noruego Garbarek nos acogía en una gran carpa blanca que destacaba a primera vista. El artista, que publica habitualmente a través del sello alemán ECM, venía precedido de una buena fama, ganada a pulso en una multitud años y trabajos.

Desde el comienzo del concierto, el músico noruego empezó a liderar un cuarteto de gran nivel. A saber, pudimos disfrutar del registro de Rainer Brüninghaus (piano), Trilok Gurtu (percusión), y Yuri Daniel (bajo). Como si de un buen entrenador de fútbol se tratase, Garbarek supo, de manera magistral, mover su banda desde el primer momento. Y digamos, que los ases que guardaba en su manga, eran sencillamente geniales.

Dentro de los importantes toques de una banda asentada en el placer musical y en el disfrute, entre todos, destacó la presencia de Trilok Gurtu. El percusionista nacido en Bombay, y que ha colaborado a lo largo de su ya larga carrera con músicos de la calidad de McLaughlin o Joe Zawinul, fue uno de los protagonistas de la velada. Su capacidad a la hora de mostrar toda la gama de sonidos que era capaz de sacar a un abundante set de percusión fue admirable.

Gurtu se mostró como un pintor que iba realizando paisajes muy visuales con toda suerte de artilugios. Ora nos llevaba a las orillas del Ganges, ora estábamos en el Orinoco, con sus guacamayos y sus ambientes tropicales. Sacar un particular sonido a un gong metálico y redondo sumergido en un cubo metálico lleno de agua; eso es arte.

En cada canción, Garbarek proponía un tema. Todo comenzaba con su puesta en marcha de un “coro” bastante reconocible y sencillo de adaptar a todos los oídos. Y ahí era cuando los cuatro se centraban en jugar y en viajar a otras atmósferas. En muchas ocasiones, se visitaron –sin salir de la habitación- ambientes orientales e incluso del jazz fusión norteamericano de los años 80. Todo mezclado y con un gran índice de calidad.

Brüninghaus y Daniel no quedaban atrás en su exhibición pública de habilidades. Digamos que los cuatro dejaron muy arriba el pabellón.

Durante muchas ocasiones, Garbarek y parte de sus compañeros abandonaban el primer plano del concierto, dejando sólo a un intérprete en su empeño. Ello contribuía al ambiente de concentración que exigía el concierto. Cualquier y mínimo movimiento de algún cable o de un asiento, podía desconcentrar al público, podía deshacer el encanto que surgía.

En definitiva, 2 horas y cinco, con un merecido “bis” que no colmaban todavía las ganas del respetable, tal fue la calidad de la velada.

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