Es 9 de marzo y se cumple un mes de la partida de uno de los músicos contemporáneos más influyentes. Parece mentira, pero Chick Corea decidió dar el salto a la gloria. De repente, y sin esperarlo, cambió su presencia cotidiana y su creación constante, por un estatus que hará imposible olvidarle.

Ahora se abre un nuevo capítulo, que por merecimiento propio lo sitúa en la categoría de leyenda. Durante este primer mes de ausencia física, de ese abismo que siempre se abre cuando alguien se va para no volver, he sido consciente de que su figura no hará más que crecer.

A pesar de que siempre estaba atento a sus últimas andanzas creativas, sus conciertos, sus lecciones en las redes sociales, este luto colectivo no ha hecho más que reforzar su figura. Músicos y aficionados a su música como yo, no han cesado de compartir su trabajo, resaltar su figura, añorarle con una sonrisa y mostrar agradecimiento por tanto.

Se hace muy duro cuando alguien de tanta relevancia se nos va. Recuerdo que el impacto que me causó cuando Paco de Lucía también se nos mudó al otro barrio, fue igual de demoledor, porque, egoístamente, ese genio imparable iba a dejar de crear nuevas composiciones como las que tantas veces me habían emocionado.

A Paco me costó un par de años volver a escucharle. Su ausencia me dolía en el alma. Pensar que todo se había parado de golpe y que ya nadie sería capaz de interpretar como él, me parecía una pérdida irreparable, como lo ha sido.

Con Chick Corea ha sido diferente, pero con el mismo impacto inicial, que fue catastrófico en lo personal y cultural, porque también era consciente de que alguien que tantas veces me había emocionado solo había llegado hasta aquí, y ahora pasé a reconducir esa frustración con resignación y la necesidad de que siga vigente.

Es tan extensa su obra, tan inmensa su influencia, que solo pienso en que, si he pasado media vida siguiendo cada uno de sus pasos, aún me queda la otra media para revivir su trayectoria. Solo ha pasado un mes de su marcha y aquí sigue una vida para admirarle y respetarle.

Ya he superado los 50, y con creces, y por mi profesión he contado con la ventaja de desempeñar una labor que me ha permitido estar muy cerca de la música. Incluso he hecho muchos programa musicales, algunos con lo que marcaban las listas de popularidad, pero otros eran fruto de mis gustos. Cuánto jazz colé en esas radios convencionales, cuántos temas de Corea. Cuántos años han pasado…

Pero mi relación con Chick Corea se remonta a finales de los años 70 y principios de los 80 del siglo pasado.Siendo demasiado joven, tanto como para olvidarme ya de detalles importantes de mi vida por aquella época, sí tengo presente que, en ese momento de tránsito entre la niñez y la juventud, mi relación con la música fue muy enriquecedora, ya que en el barrio de El Cantillo, aquellos aires de renovación política y de apertura, venían acompañados de un gran interés por todo lo que era innovación.

Al margen de las composiciones más populares del momento, el buen gusto de algunos vecinos, como Migue, el hermano de Salas; Susi o Josemi, entre otros, hacía posible que mientras jugábamos a baloncesto sonaran de fondo acordes tan prometedores como los de la factoría Motown, Peter Frampton, con un magnífico directo que se volvía a poner una y otra vez; Crusaders, Carlos Santana y un universo de reivindicación que nos llegaba desde Sudamérca, como una ola inspiradora para los años que nos quedaban por vivir. Hoy me pregunto, dónde están Calchakis, Quilapayún, Víctor Jara, Carlos Puebla…Ya nadie nos inspira en momentos oscuros y de futuro incierto, como entonces.

Por aquella época, Corea estaba en una de sus nuevas aventuras, y ya había pasado por experiencias más que enriquecedoras con Miles Davis o en solitario. A mí, particularmente, por razones del azar o mero descarte, me regalaron varios discos de Armando Anthony Corea. Estos venían del retorno de un vecino que había probado la amarga aventura de la emigración. En su equipaje de vuelta, venían muchos detalles que revelaban que en la España de comienzos de los 80, aún nos quedaba mucho por hacer, aprender y recuperar.

Aquél hombre me miró, después de comprobar una bolsa en la que traía un buen puñado de discos y me dijo: “toma, para ti”. Aquello era el fruto de su descarte, porque no hubo ni un comentario ni nada que me aleccionara ante semejante presente. Eran tres… a lo sumo cuatro discos. Dos de ellos Chick Corea, grabados y editados en Alemania. No recuerdo sus títulos, pero sí tengo una vaga imagen de las portadas, de las que a duras penas creo recordar que contenían en su zona central fotos de zonas de amplia vegetación y algún árbol aislado.

No tenía tocadiscos en mi casa por aquel entonces. Por lo que aquellos regalos estuvieron en silencio un largo periodo de tiempo, hasta que convencí a mi abuela, después de insistir mes tras mes, que me regalara aquel pequeño giradiscos que se había ganado en una promoción de una conocida marca de refrescos de la época y que mis primas ya no utilizaban.

Cuando lo logré, me llevé para El Cantillo el diminuto aparato, de color beige, que se replegaba en una tapa donde se escondía su solitario altavoz, y por donde sonó por primera vez algo que no fuese una canción de Carina, cuyo single también formaba parte de la promoción.

No recuerdo detalles, como título o miembros de la banda. En esa época estaba a otra cosa. Pero si podría hablar de sensaciones. Aquella música, saliendo por aquel solitario “altoparlante”, por el que tantas veces retumbaban las Flechas del amor de la jiennense, era algo indescriptible. Sinceramente, era inaudible; estridente; carecía, según mis recuerdos, de melodía o ritmo identificables.

El tocadiscos y aquellos LPs de Corea estaban en la parte alta del mueble de formica de la cocina, porque, por aquel entonces, no es que fuese algo que podía escucharse a diario. Allí pasaban largos periodos de tiempo sin que me atreviera a desempolvarlos de nuevo. Pero, de vez en cuando, enchufaba aquella reliquia con la pegatina de Mirinda y ponía todo el interés que era capaz de desplegar para entender cada vez más aquellas notas, para entender cómo a aquello se le podía llamar música.

No mucho más tarde de esos tiempos o incluso durante esas audiciones, Chick Corea había entrado ya en un momento de creación fundamental en su carrera. “Mi corazón español” ya me lo compré, y con alguna gente de mi edad hablaba de lo que a todas luces era algo innovador y una obra de arte.

Tuve y tengo la suerte de rodearme de amigos que son músicos. José Carlos Acuña y su hermano Rafa. El primero un pianista consagrado, que creció con la inquietud y con Corea, Jarret, Hancock…Con ambos, y con otros jóvenes de aquella generación, se multiplicó la música, porque se abrió el mercado negro, -por cierto, titulo de otra obra de arte-, ya que, o intercambiámos los discos o nos grabábamos las últimas adquisiciones. Todo el mundo ganaba.

Pero sin tiempo para reaccionar ante tanta aventura musical, y apenas haciendo la digestión de una etapa tan fructífera con Return to Forever y otras bandas o experiencias, de repente, y sin apenas esperarlo, entramos en la modernidad a golpe de composiciones absolutamente vanguardistas y avanzadas a su tiempo. Ya había llegado la Electric Band.

Eran discos de vinilo, con el sello de Digital. Aún retumban aquellas portadas llamativas y un Corea que lucía unos relojes digitales que te quitaban el sentido (Seiko, Casio…) Recuerdo que con esos discos volvías a casa, con la bolsa de la tienda de discos, y cuando sonaban, ya estabas ya en otra era. Chick Corea estaba ahí, seguía ahí, pero te presentaba a músicos cada vez más jóvenes y cada vez más virtuosos. Repetía lo que hizo Miles Davis con él. La música, si no se comparte es como todo, un acto de egoísmo.

Compartí tantos discos, tantos cambios de timón, tantas aventuras, tantas emociones y a lo largo de tantos años, que si debo seguir adelante escuchando música, tendré que guardarle un lugar, como hice con aquellos dos discos sobre el mueble de formica. La diferencia es que ahora no cabrían en ese altillo, pues su obra se ha hecho inmensa, por lo que no me quedará más remedio que convertir todo eso en parte de mi vida, como ha sido hasta ahora.

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Foto: promocional.

Texto: Tachi Izquierdo